Escritorio / 22 julio 2012

Escritorio: Julio

A menudo, a pesar de las muchas mudanzas, cuando pienso en mi infancia pienso en una sola casa. Era enorme y estaba llena de puertas y armarios. Cada habitación tenía una pared de placard hasta el cielo. De día, era escondite de juegos; de noche, eco de caños. Desde las alacenas colgantes a los cajones-cabecera, casi cada mueble y pared de ese piso ocultaba estantes. Recuerdo que teníamos un zapatero empotrado y, también, una baulera secreta: la escalera de acceso estaba arriba del placard de la ropa blanca, aunque sólo lo sabía la familia. Si no había espacio para guardar cosas, se lo inventaba en el techo.

Pero sobre todo recuerdo los espejos de los pasillos. Todos se abrían con riel o tirador y escondían copas (si la profundidad era escasa), o tapados y valijas. Cuando tenía una pesadilla, el camino de mi cuarto al de mis padres era más aterrador que el sueño: debía superar tres puertas, diez metros a oscuras y, lo peor, mi reflejo en la penumbra.

No me extraña ahora pensar que, cuando finalmente nos mudamos de allí para ir a un lugar mucho más chico, nos llevó meses deshacernos de todo lo que estaba guardado. Fue hace veinte años y pienso en todo eso ahora porque ordeno el placard como excusa para no salir al frío. En éste, mi armario de hoy, no quepo. Dentro, no hay guitarras. Ni gamulanes. Ni cuatro juegos de vajilla completos. Tampoco espejos.

Termino de colgar las perchas, lo dejo abierto y lo miro. Entre el cuarto y la cocina el pasillo es corto y sin escalas; debajo de las rejas de masa, huelo el membrillo: mi recompensa. ¿Qué habré soñado anoche?, me cuelgo.
Sirvo el té.

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