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3 ambientes: Malén Denis

la contemplación del desastre o mi casa un domingo

tres minutos faltan para las tres de la tarde
la temperatura en la ciudad de buenos aires
es de tantos grados que dejo de escuchar porque no me importa
porque lo que importa es lo que se siente y no un número:
tengo puesto un buzo

miro la casa en un inmaculado desorden
en un estado de no me importa lo que sientas, lo que pienses
yo voy a seguir así, medio desordenada, con los pisos sin barrer
la casa me sobra
me sobra casi todo menos plata
la plata nunca sobra
la radio se apaga cuando empiezo a pensar y mis palabras
se superponen con el audio que rebota sobre las paredes blancas
el audio que absorben las paredes blancas
que me separan del vecino que nunca se queja de nada
me preocupa que nunca se queje de nada
me hace pensar que es irresponsable
que nunca le moleste un bochinche fuera de hora,
que me visiten varias personas el mismo día
y que me suene el despertador durante una hora entera
hasta que me levanto con un tema de banda de turistas
todos los días el mismo
no estoy segura de querer cambiar eso como no estoy segura
de querer cambiar muchas otras cosas que pasan y que siento
no me puedo enfrentar a todas mis cosas

se me caen de los estantes los libros y me veo derrotada
por la literatura que consumo con la esperanza
de salvarme de un orden mayor de ignorancia
miro las botellas de agua sobre la mesa
y más lejos en el balcón la flor que salió
en una planta a la cual no le hablo y casi no cuido:
soy egoísta y aún así las cosas florecen
quizás la subtrama de las plantas me define
necesito definir cosas
y no basta con decir
que uno tiene que definir cosas
tengo que limpiar y ordenar y sólo puedo fumar
y pensar en que llego tarde
¿llego tarde porque no hay nadie que me espere
o no hay nadie que me espere
porque llego siempre o tarde, o temprano y nunca a tiempo?

dieciséis minutos pasaron de las tres de la tarde y la radio está en mi cabeza
aunque está apagada, porque el trabajo nos define
nos da una visión particular
y quizás no sea yo la que tenga que definir las cosas
si no que las cosas ya me están definiendo a mí
y en definitiva soy sólo una chica en su casa sola,
contemplando un desastre.

desteñirse

ordeno la biblioteca
que pronto me voy
y la casa detenida
en los exámenes
de todo tipo
junta polvo

en el interior
de las cosas
hay más cosas

la casa es una mamushka
de quién soy y quien soy
es tan extraño
quisiera poder buscarme
en un diccionario

encuentro una radiografía
de mi cráneo y me imagino
que encuentro un dibujo
un código maestro
que explica todo

es un cráneo común
y corriente impreso
en un plástico
es mi cráneo

en el mismo estante
hay cuentas pagas,
un certificado de autenticidad
de una obra
que pende de unos clavos,
en una pared del líving

es un retrato
de david bowie
que hizo andrea
me mira todos los días
no sabe quién soy

un dibujo en témpera
que hice con mi padre
en 1993
dice jugando a los colores
pero parece que dijera amores,
lo bautizo edipo
claro que busco
una clave ahí también

lo único
que dice sobre mí
es que nunca supe
ni sabré
Dibujar

acomodo las agendas
por año en el estante más bajo
recopilación de cosas que significaron
estrellas al lado de nombres,
números al lado de corazones

supongo que creí
que siempre me iba
a resultar familiar
a mí misma

pero hay cosas
que se olvidan

los lomos
de los libros rosas
se destiñeron,
ahora son blancos.

mugre

estás viviendo en el hueco
de mi pecho
que es como el lugar
sin nombre
entre la cocina y la pared
donde cae todo
lo que igual no sabríamos
dónde tirar.

***

Malén Denis nació en Buenos Aires en 1989. Es Magíster en Escritura Creativa por la Universidad de Tres de Febrero, también estudia Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía Con una remera de Sonic Youth (2009, Nulú Bonsai), Buscar drogas en Wikipedia (2014, Nulú Bonsai); y las plaquetas Ciencias naturales (2014, La fuerza suave), Las copias se hacen en el acto (2015, Siberia) y La culpa de esta lluvia (2015, La fuerza suave). Actualmente trabaja en su primera novela Litio. Traduce poesía.

Piezas, cuartos o habitaciones

Sólo se escribe acerca de la muerte por plata o bien por la muerte por amor, o se escribe sobre el amor así pelado, el amor sin muerte, aunque ahora pienso que todo amor es como una pequeña muerte; al fin y al cabo se termina o se transforma en otra cosa, en una cosa horrible, que se vive como una forma de la muerte. Todo amor es criminal, todo amor es un crimen y debería estar prohibido. Y siempre es un misterio.

En todo caso a Melissa la habían visto, o mejor, habían visto su pelo castaño, con algún mechón de otro color, que antes había sido rubio, y que al tiempito sería negro azabache, ondeando al final del bulevard, antes de llegar al Club Regatas, doblando por el camino de ripio que lleva a La salamanca, agarrada a Perazzo que estrenaba así su nueva Dax 50. Un misterio su decisión. Le había regalado unos TDKs grabados de Virus en los que había empleado mis ingresos y ella decía que le gustaban mucho. ¿Le gustaban de verdad? Nunca lo sabré.

La Dax siempre fue una moto de porquería. Parecía más un juguete a motor que una moto. Por eso no se podía explicar que Melissa, esta versión de Melissa con el pelo castaño, hubiera elegido a Perazzo y no a mí. Es verdad que yo no tenía una moto ni tenía posibilidad de tenerla; mi única posesión era una lapicera bic y una carpeta negra con algunas hojas en blanco que llevaba a la Industrial todos los días, pero Perazzo era poco menos que una cosa, con su nariz chiquita, su frente desproporcionada, y sus años de acné en la cara, el pus. Melissa en cambio era perfecta, era la rematadora en el equipo de volley, se impulsaba con sus largas piernas y se estiraba para pegarle a la pelota allá en lo alto. Es verdad que antes de Perazzo había estado de novia con Olguín, pero Olguín nos llevaba diez años a todos y atendía la heladería del padre todos los veranos, la que había frente a la plaza y al fin y al cabo era el único negocio decente en el pueblo, el único lugar al que valía la pena invitar a una chica. De modo que yo no tenía ninguna esperanza con Olguín hijo, que además tenía una Zanella 125 y que hasta a veces usaba el Taunus del padre, pero lo de Perazzo era inexplicable. Al principio no lo quise creer. Entonces fui a visitar a mi mejor amigo, Marcos, que era el hermano de Melissa.

Era la hora de la siesta y desde la calle vi como Marcos reparaba algo en su Gilera 125, en el garaje que hacía de taller y que se comunicaba con su pieza por la puerta de atrás.

-¿Es verdad de lo de Perazzo y Melissa? –le pregunté mientras me sentaba en la banqueta. Estaba Néstor, estaba la Gilera con una rueda menos y Marcos trabajaba en el piñón. Había olor a aceite y nafta.

-Buenas tardes –dijo Marcos. Marcos seguía siendo rubio y también jugaba al voley, aunque no era una estrella como Melissa. Ni en el volley ni en la pista de Sarao, el boliche al que íbamos Marcos, Perazzo, Melissa, Olguín hijo, las amigas de Melissa, etc.

-Sentate, si querés –dijo Marcos. Él sabía ser irónico.

-Permiso –dijo yo-. ¿Qué le pasa a la Gilera?

-No me meto en la vida de mi hermana.

No supe qué decirle, porque era verdad que él y su hermana se llevaban bien y eso seguramente tendría que ver con un acuerdo que se respetaba a rajatabla. Yo conocía y conocí después otros casos de hermanos y casi siempre se llevaban mal. De todas maneras seguí con mi estrategia y me ofrecí a preparar el mate y aprovechar la ida a la cocina para investigar en la pieza de Melissa. Eso me daba unos diez minutos. Los padres de Melissa y Marcos estarían trabajando a esa hora, la abuela estaría en la casa de al lado.

-Preparalo –dijo Marcos-. Es bueno que sirvas para algo.

La pieza de Marcos daba al garaje. En verdad, la pieza y el garaje habían sido parte de una misma construcción, separadas por una pared. La cama de Marcos ocupaba un lado de la pieza y al fondo había un viejo ropero con un espejo. Frente a la cama, una mesa de fórmica que hacía las veces de escritorio y que usábamos para estudiar. Tiempo después la mesa fue ocupada por una PC y una impresora. Había tres sillas de distintos juegos; la más nueva estaba tapizada con una cuerina roja y la más vieja, y también la más resistente, era de paja. Las dos eran de buena madera. Marcos era el hermano mayor y era el que tenía más beneficios en la distribución: su pieza daba al garaje y eso le daba una salida independiente. Al fondo de la pieza había dos puertas; por la que era paralela a la pieza y al garaje se accedía a un galpón en la que el padre de Marcos guardaba sus herramientas y la máquina de cortar pasto y también la heladera familiar. Parecía de otra casa. Había mucho desorden y solía dormir alguno de los perros que siempre tenían.

Por la puerta que estaba perpendicular, se accedía a un pasillo en la que estaban la pieza de los padres de Marcos, que daba con una ventana a la calle, y la otra era la pieza de Melissa, cuya ventana daba al patio y más allá a la casa de la abuela. Doblando a la izquierda había otro pequeño pasillo que en un costado tenía el baño y al final la cocina comedor, en donde además estaba el televisor, un juego de silla de metal y tapizadas, nuevas, una gran mesa haciendo juego, un aparador en la que abajo se guardaban los platos y las fuentes, en el medio había algunos adornos, y arriba, tras dos puertitas vidriadas, había espacio para guardar los vasos y las copas. El aparador era blanco y fucsia.

Puse la pava en el fuego, llena, a fuego mínimo, para que tarde en calentarse y prendí el televisor.
-Prendo el televisor –le grité a Marcos desde el pasillo y subí el volumen. Pasaban una telenovela en la que la protagonista tenía un largo pelo lacio y castaño y era muy flaquita. Hacía de mucama o algo así. Dejé la telenovela a todo volumen, el agua en el fuego y me metí en la pieza de Melissa. De mínima, quería recuperar mis cassettes. De máxima, encontrar alguna pista que me ayudara a entender su decisión y elaborar otra estrategia de seducción. Los cassettes de Virus habían sido la última, antes habían estado calcomanías, ramos de rosas, libros y una serie finita pero muy humillante de atenciones que había tenido con Melissa. Nunca había entrado a su pieza, nunca volví a entrar. Se veía lo suficiente para moverse, la persiana de la ventana estaba semiabierta, en penumbras, y nunca supe cómo lucía su pieza y nunca iba a saber cómo luce una pieza de una chica de dieciséis años; no quise prender ni siquiera el velador. Era un velador viejo, seguramente de cuando sus padres eran jóvenes. Marcos tenía otro igual en su pieza. Era de mesa de luz, tenía una pantalla color crema y la base era de madera. Quise abrir la mesa de luz, estaba cerrada con llave. Marcos tenía una igual en su pieza, pero él no la cerraba y dejaba la llave puesta. La pieza de Melissa tenía un ropero más grande que el de Marcos, más nuevo, de madera clara y con un espejo más nuevo; no se veía el azogue en las esquinas como en el caso del de Marcos. Me la imaginé a Melissa mirándose al espejo antes de ir a bailar los fines de semana, viendo como le iban sus minifaldas de colores cálidos o sus vestidos siempre ajustados, evaluando su nuevo color de pelo. La imaginé cambiándose de ropa, eligiendo. Abrí el ropero. Había mucha ropa. Lo cerré, abrí los cajones de abajo; había ropa interior. Me fijé en unos de sus corpiños, tal vez rojo, la penumbra me lo impedía determinar. Pensé en probármelo, pero desistí. Iba a ser difícil explicarle a Marcos si se asomaba. Salí de la pieza y fui a la cocina, volqué la mitad del agua ya tibia y le puse más agua fría y la volví al fuego. Ahora pasaban propagandas en el televisor. Volví a pasar por los pasillos, por la pieza de Marcos y salí al garaje. Marcos seguía trabajando en la Gilera 125.

-Se debe estar por acabar la garrafa –le dije-. Hay poco gas, tarda el agua en calentar.

-Bajá el televisor –me dijo.

Me volví y al pasar por su pieza, saqué la llave de la mesa de luz y fui corriendo hasta la cocina comedor y bajé un poco el televisor. Sigilosamente caminé por el pasillo hasta la pieza de Melissa. Me arrodillé, como me hubiese arrodillado ante Melissa, metí la llave en la puertita de su mesa de luz. La giré y abrió.

Tenía dos estantes. En el de arriba había cuadernos forrados, varios. Carpetas, algunos álbumes de fotos. También un diario íntimo: una suerte de cartuchera que también tenía una pequeña cerradura. La quise forzar y temí romperlo. Me pregunté si mi nombre ocupaba algún lugar en esas hojas, mi nombre dibujado por su letra infantil, sus manos preciosas, sus dedos largos y delicados. Supuse que el diario sería de color rosa, aunque no podía saberlo. En el estante de abajo no veía nada. Metí la mano y saqué un puñado de preservativos, marca Joker. Primero me sorprendí, después calculé que era poco probable que mi nombre apareciera demasiadas veces en sus diarios y en todo caso, si aparecía, tal vez no me convenía saber en qué contexto. Me guardé los forros en el bolsillo derecho de mi pantalón y hurgué más la mesa de luz. Reconocí el carácter rectangular de un cassette, en su cajita. Lo saqué. No era uno de los TDKs de Virus que le había regalado, era uno comprado en una disquería. No en la disquería de la calle Rocamora, la única del pueblo. Me fijé en la portada del cassette y a eso no lo vendían en la disquería, yo iba seguido a pedir que me grabaran novedades y conocía todo su catálogo de rock nacional y a ese cassette nunca lo había visto. Me lo guardé en el bolsillo izquierdo, cerré la puerta de la mesa de luz y me fui la cocina. Terminé de preparar el mate y me lo llevé al garaje. Aparte de Marcos estaba el Otro Marcos, así le decíamos. Tenía una Siambretta muy vieja, pero muy bien mantenida. También era compañero de la Industrial. Aproveché para inventar una excusa y los dejé con el mate preparado y me fui a mi casa.

Perazzo tenía primos en Buenos Aires y de vez en cuando viajaba a Capital. Sus primos vivían por el barrio de Flores, por aquella época no conocía yo Buenos Aires pero Flores era sinónimo de rock. De ahí venía con algunas novedades, ropa o música. La ropa que traía estaba buena, pero no era nada de otro mundo. En todo caso era menospreciado por nosotros porque se vestía como un porteño. La música que traía sí era novedosa, pero en seguida el Dick Jockey de Sarao se conseguía la música que traía Perazzo y la pasaba en sus sets y dejaba de ser una novedad. Aquel cassette que me robé aquella vez tenía una portada llamativa, negra y con figuras humanas con puños cerrados y banderas rojas. El nombre de la banda me pareció demasiado largo, constaba de un nombre propio y una comida. Ridículo. Pero los muy hijos de putas no sonaban nada mal. Tenían buenas guitarras, vientos, y la voz del solista era áspera y seductora. Mientras los escuchaba se me movían los piecitos. Las letras eran raras, pero no importaba. Eran buenos. Odié a Melissa y a Perazzo y sus novedades porteñas. Odié, también, a la banda; la odié para siempre. Nunca los fui a ver, a pesar de que me fui a vivir a Buenos Aires y tuve muchas oportunidades. Me negué a ser parte del cada vez más extenso mundo redondito y de ricota. Sigo prefiriendo la poesía de las letras de Virus: una vez los fui a ver, antes de la muerte de Federico Moura. Federico ya estaba muy flaco y desmejorado
Melissa y Perazzo estuvieron un tiempo juntos, de novios. Después ella lo dejó y a él le robaron la Dax.

Después ella nos dejó para siempre a todos, fue una tragedia muy dolorosa y cercana. Lloré mucho, creo que Melissa en su corta vida fue feliz. Fue amada por su familia y amistades y novios y también por mí. A veces pienso en ella, en sus mechones de colores.

***

Damián Ríos nació en 1969 en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Publicó libros de poesía y narrativa. El perro del poema, Como un zumbido, El verde recostado, entre los de poesía; Bajo cero, en cuento, y la novela Entrerrianos. Fue fundador y director editorial de Interzona y actualmente,  junto a Mariano Blatt, codirige la editorial Blatt & Ríos. Vive en Buenos Aires.

Piso compartido

El peruano que vive conmigo sale todas las noches, dijo que estaría acá seis meses pero se impone plazos renovables de treinta días para cumplir las expectativas con las que llegó. Roberto es de la alta sociedad de Lima, parece más japonés que peruano, habla rápido, escupe cuando habla, cocina con mucho limón y sus padres no saben que vive en un piso compartido en Perón y Callao. Vende muebles con descuento por internet y gasta todo su sueldo en conocer cada noche un antro de la capital, porque no encontrará paz mental hasta descubrir cuál es la verdadera crema de Buenos Aires. Por el momento tiene tres grupos sospechosos que describe así: vino y caballos, champagne y autos o speed y wakeboard.

En la casa cada cual tiene su cuarto y estante en la heladera. En mi estante hay mostaza y varios paquetes de aceitunas Nucete, dicen que va a cerrar así que hace tiempo las estoy estockeando. Desde que comparto departamento me pasé a las descarozadas: me resulta imposible escupir carozos frente a otros. El primer estante es de Roberto y el de más arriba es de Chantal, una canadiense que está acá hace cuatro años porque le gusta el circo, así me lo explicó ella. En el estante de Chantal hay berenjenas, huevos y agua mineral. Le tiene miedo al agua de la canilla. Chantal trae muchos amigos a dormir a su cuarto, canta y me mira fijo a los ojos, cree que me calienta, que me relaja. Chantal me mira fijo a los ojos y dice que canta mantras pero se parecen a las canciones de la radio.

Mi primera noche en el departamento de Callao fue un jueves que llegué a la una de la mañana después ir de ir a comer al Palacio de la papa frita, porque con mi amiga Sofi habíamos visto el cartel y nos imaginamos una escalera larga con paredes revestidas de papa, mozos que anotaban el pedido sobre papas y jugos de papa para bajar las papas. Comimos una tortilla y nos fuimos a dormir. Volví en taxi. En la puerta del edificio había dos policías. Pensé que los extranjeros entusiastas estarían haciendo una fiesta arriba, así que no me extrañó cuando la policía me escoltó hasta mi propio departamento.

¿Vos vivís acá? Sí. El vecino se quejó por el ruido de la calefacción. Tienen que apagarla antes de las doce y no es la primera vez que venimos a advertirles. Salió de la puerta C el vecino con bata azul y canas despeinadas gritando pero nena, no me puedo dormir, pucha, siempre lo mismo. Le expliqué que era mi primera noche ahí, que no volvería a pasar, que no sabía nada y que me disculpe. El departamento estaba vacío, todos habían salido temprano y la calefacción siguió funcionando sin que me diera cuenta. La fui a apagar y volví al conventillo del hall para avisar que ya estaba solucionado. El vecino dijo que el ruido seguía así que lo invité a que pasara a comprobarlo él mismo y un policía lo acompañó. Me tocó quedarme con el policía malo, que repasó la gravedad de quitarle horas de sueño a un trabajador. Me pidió un documento, me preguntó por mis padres, mis ingresos, mi estado civil. Sentí que era demasiado. Sentí que subía la calefacción a mil y un dolor intragable en la garganta, como un alfajor de maicena. Ya estás advertida, ante cualquier otra queja, la denuncia va a ser para vos. Y ahí mismo lloré, me tapé con las manos y me lloraron las manos, lloré la boca y la nariz, fui todo llanto. El policía dio un paso atrás y observó.

Apareció el policía bueno diciendo que el ruido venía del baño porque no funcionaba la cisterna y de repente me vió la cara roja y desarmada. ¿Qué pasó, te pegó? Dije que sí. Fuimos los tres al baño, el policía bueno se sentó en el inodoro y me explicó el problema. Una vez que había empezado no podía dejar de llorar, mis viejos, el baño compartido, la cisterna rota.

***

Juana Isola nació en Buenos Aires en 1989. En 2014 publicó Hay que tener una mesa larga atrás de una pila de leña para almorzar en los días soleados con tus hijos en Ray Ban (Editorial Gigante) y en 2015 Automac (Drive & Publishers) junto con Mateo Mórtola. Escribe (http://thejuanabanana.tumblr.com/) y hace zapatos (http://www.bananafishzapatos.com/).

La resistencia

No conozco a mi viejo. Y mi vieja, hay cosas de su vida que no me las cuenta. Así que no sé mucho de lo que pasó en mi familia antes de que yo naciera. Nací en Goya, en la provincia de Corrientes; y antes de empezar a hablar, todavía con la teta de mi mamá en la boca, nos vinimos a Buenos Aires. Mi viejo era ludópata y mi vieja cansada de llegar a casa y ver que, otra vez, el viejo había vendido todo para garpar deudas de juego, se cansó. Chau Goya, dijo, sin ningún remordimiento.

Fondo blanco y a otra cosa.

¿Qué habrá pensado en ese viaje? La imagen esta: una mujer sola con un nenito recién nacido en brazos camino a una ciudad desconocida. La valentía es eso: enfrentarse a la oscuridad.

Walter fue un nombre que eligió mamá. Me gusta. Nunca me dijo de dónde lo sacó. El segundo, Isaac, lo eligió mi papá. Ni idea por qué. Me gusta menos, pero no me lo puedo cambiar. Como me reconocieron, no soy ningún bastardo, llevo el apellido del viejo: Lezcano. Es lo que me tocó. Y está muy bien.

En Buenos Aires, recuerdo con esa materialidad difusa de los sueños, vivimos en unas cuantas pensiones de Capital Federal. Eran muy chiquitas. De la última que visitamos tengo una marca en la gamba. Resulta que como no había lugar para nada —apenas una cama y el aire entraban ahí— mi vieja estaba planchando sobre la cama, dejó la plancha en el piso y —no sé qué habré pensado—, apoyé mi piernita inexperta en el metal caliente y mamá —me contó después— sintió un olor “raro”. Cuando oyó mi voz en la forma de un grito desesperado entendió todo. Fue mi primera parada en el hospital. Cosas que pasan.
Con poco tiempo en el planeta tierra ya conocía varios lugares: dos provincias, algunas ratoneras también conocidas como pensiones y ahora la guardia de un hospital. Es la clase de aventuras que tenemos los pobres: los espacios siempre son formas de resistencia.

Nos fuimos a vivir a la provincia. Al Oeste. Caímos una temporada en Morón. Luego otra en Pontevedra y una, muy corta, en Rafael Castillo. Todas casitas alquiladas que no eran pensiones pero eran igual de diminutas, como vivir adentro de una caja de fósforos. Uno aprende a acostumbrarse a la cercanía de los cuerpos y de la asfixia: cosas importantes para la vida adulta.
Y en una plaza a la que me llevaron a jugar, mi vieja conoció al padre de mi hermana Laura. Fue mi culpa: me la pasaba pidiendo “salir” y ver algo más que las mismas paredes de todos los días.
Hubo otro movimiento. Nos fuimos a vivir a otra casa. Más grande, sí. Pero nos dimos cuenta enseguida que eso no alcanza para tener una buena vida. El infierno o el paraíso no son territorios, sino se trata de la compañía: quiénes están al lado tuyo.
La cosa es que el tipo no había aprendido lo que era el respeto y golpeaba a todos. En esa época tuve varios viajes al hospital. Por mí, por mamá. Aprendí lo que significaba esa expresión que no me dejaban decir en voz alta: “reverendo hijo de mil putas”.
Y así terminé el primario.

Esas vacaciones, antes de comenzar el secundario, nos fuimos (mi vieja y yo) a vivir a Rafael Calzada. Lugar que ni sabía que existía. Nos mudamos a la casa de un tipo que terminó siendo el padre de mi segunda hermana, Andrea. Un garrón. Otro agente del mal. Y yo me preguntaba si estaba meado por los perros. Lo descubrí cuando me mandaron a llevarle comida al perro enorme que tenía el tipo en su casa y casi me deja sin pie derecho. Casi. Estoy joya. Puedo correr el bondi y todo.
Ese fue el momento del secundario. Una tortura. Fui a una escuela técnica. Soy el peor técnico electromecánico de la historia. Lo digo orgulloso. El colegio era con doble escolaridad. Todos varones. La mina más linda era la portera que nos maltrataba, imaginate. Pero en segundo año, un poco cansado de mirar el techo de mi pieza y darme cuenta de que sólo había un techo, caminé hasta la pequeña biblioteca de esa casa, un lugar al que en mi corta vida había pensado que iba a ir, y manoteé un libro. Lo agarré porque era negro y chiquito. No es que fuera dark ni nada, pero me hacía el tenebroso y me creía con mucha vida encima. Era El túnel, de Sábato. Ese fue un momento groso en mi vida. Cuando uno encuentra algo. Y no me refiero al libro en sí, sino a la literatura en general. Y eso sucedió en esa casa que detestaba. No se trata de ninguna casualidad.
Ahí, cuando terminé de leer la novela, me pregunté ¿por qué, si la lectura es algo tan copado, en la escuela lo enseñan como si fuera una mierda inservible? Por qué te hacen odiar el momento de ver una página escrita. Y decidí que iba a hacer algo para cambiar eso. En ese momento supe que sería profesor de lengua y literatura. Pero recién estaba en segundo año. La puta madre, todavía me quedaban algunos años para llevar a cabo mi idea. Pero ya tenía algo, ¿no? Un comienzo.

***

Walter Isaac Lezcano nació en Goya, Corrientes, en 1979. Es docente de Literatura y editor en Mancha de Aceite. Publicó quince libros de poesía y prosa, participó de cuatro antologías y colaboró en numerosos medios como periodista freelance. En Twitter es @lezcanowalter y su bibliografía completa está acá: https://about.me/walterlezcano.

Interiores #181: Casa flexible

Nadia (40), Mauricio (42), Lucía (13) y Julia (8)*.
Casa chorizo reciclada en Villa Luro, Ciudad de Buenos Aires.

*Artesana, empleado y estudiantes.

No era su sueño vivir en una casa antigua; su estilo era otro. Pero al habitarla se fueron enamorando de sus notas originales e imperfectas, que descombinaron con equipamiento más moderno.

Estrategia
Base neutra estable y cambios regulares en paredes y accesorios, así pueden “engancharse” sin riesgos con alguna moda. -> Nadia ahora está a full con el rosa (que se está usando) y le da rienda suelta, aunque tenga fecha de vencimiento, con detalles económicos y fácilmente reemplazables.

En el camino aprendieron
Desde electricidad hasta hacer muebles. Y a dejar reposar las ideas para pasarlas por el filtro de la ansiedad.

Desafíos
Lucía es muy ordenada, pero acumuladora. Guarda como colecciones hasta cepillos de dientes viejos, y esa actividad está resuelta con muchas cajas rotuladas, biblioratos, portarrevistas. Cada cosa tiene su lugar para que el descontrol sea el menor posible.
Y Julia tiene todo al alcance de la mano para jugar y ordenar después. Sabe que para que las cosas no se rompan o pierdan no deben quedar en el piso.
Con estas pautas claras, también hay espacio para la flexibilidad (léase: quilombo 😉 )

Lo próximo
Ajustar la funcionalidad y la decoración del taller de Nadia. “Está en proceso de maduración”.

Rituales
Con calor: mantita al pasto, picnic de jardín.
Con frio: pelis o series los 4 en la cama.

Menú
La especialidad de Mauri son las pizzas y las pastas con salsa boloñesa. La de Nadia, las sopas.

Vida social
Se consideran malos anfitriones, lo que hace que en cada reunión todo el mundo se meta en la cocina y haga algo. Tal vez por eso es que son un éxito 😉

Plantas
Sí, pero de bajo mantenimiento. Las de adentro son novedad y vienen sobreviviendo.

Animales
Tres gatas: Lali (14), Flopi (3) y Rayitas (4 meses).

Vecinos
Sobre la medianera, de un lado y del otro, se fusionan su anphelopsis con la enamorada del muro del vecino.

***

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3 ambientes: Marina Mariasch

Selección de entradas (2006-2012) del blog de Marina Mariasch.

lunes, marzo 13, 2006
De todo lo que me rodea, nada, nada me pertenece

En la casa hay sólo dos tipos de objetos: los objetos con valor afectivo y los objetos con valor de mercado. Debería, entre todo esto, buscar algo como yo, pero quién soy yo, esta, aquella, la de más allá. Me siento afiebrada, aunque es sólo el calor. Leo esa poesía, que es pura inteligencia. No hay morbo, no hay especulación. Recurro a un procedimiento del cine: ponerle música infantil a una escena de terror. Más allá, leo “Guía para entrar y salir de la vida ajena”. Escucho esta música, que es pura sensación. Aquel día que escribí sobre las casas no sabía nada de los huracanes –ni tal otro, ni tal otro, ni tal otro. Buscando entre las cosas de la casa algo para regalar encuentro una tarjeta con dedicatoria: “Para la música fuerte, la que despierta vecinos”. Leo “Instrucciones para reconocer a tus ídolos”. Registro los movimientos que hacías mientras dormías. Leo “Mecánica del aquí y ahora”. Escucho todos los sonidos del mundo rebotando contra las paredes. Aprendo a leer la música.

jueves, abril 12, 2007
Would you mind apagar la luz before living

La casa está llena de materia en descomposición: una taza llena de leche cuajada, bolsas de nylon sobre la mesa del comedor donde los panes se tuercen y crecen pelitos verdes. Cualquiera diría que abandonamos hace tiempo. Pero seguimos acá y –esto es literal– todo lo que se pudre son los restos de un experimento.

miércoles, septiembre 05, 2012
Vida en el universo

Ojalá todo se quedara quieto
La semilla no brotara
Es el día después de las elecciones
Y ganó el pueblo, todo es promesa
Y papelitos en el suelo, es el primer día
Que espié tu perfil y te mandé
algo, ni un sí ni un no, todo es promesa.
Un terreno fértil donde las palabras van plantando
movimiento a la superficie plana. Es una llanura baldía
que se codifica a medida que avanza, y configura un destino,
el viaje emocional y filosófico.
Vas a darme un beso en el baño de chicas
en una lectura torcida
voy a sentir tu pija dura en el jean vas a darme
en el sillón de casa donde me dieron uno, dos, mil
novios. voy a darme besos con otro no me va gustar
la lengua loca una serpiente hachada voy a pedir
que me rescates y vas a renunciar. vas a aparecer
en el tablero de búsquedas random
en la oficina de google vas a hablar en perfecto voy
a desdibujar mi deseo en pos del tuyo vas a cargar
antivirus en mi compu nueva y las tintas porque
sos un poco solemne y no comés pescado
vamos a abrazar el alcohol y tener sexo
triste y un par de mañanas con panza
de mate vamos a ver una peli con propina
ideológica que te va a gustar
vamos a dormir juntos la siesta vos vas
a dormir la siesta yo voy tomarme un cuartito
vamos a irnos un finde a colonia clase style
vas a decirme jenny
por jenny holzer
por jenny williams
por jenny von westphalen
por jenny packham
por jenny mccarthy
calamity jane
jenny from the block
y vamos a pensar en vivir juntos
en el barrio cerrado de tu facebook
pero sin decirnos nada
vas a poner algo de cris en tu muro algo de cris
no irónico y el kirchnerismo
nos separará el kirchnerismo
nos separará
la militancia nos separará
la cuenta del chino nos separará
la ansiedad nos separará
la poesía nos separará
internet nos separara
el aire acondicionado nos separará
el realismo nos separará
el freelancismo nos separará
todo va a pasar muy rápido
porque en realidad quiero quemar todo
terminar terminar terminar
antes de que se convierta en algo
somos lo que resta de nuestros proyectos
de autodestrucción y no sé qué pensar
de lo que llamás tu obra.
¿son buenas tus obras? ¿son malas?
ya no sé qué es el arte ni entonces
cómo salvarme estamos por ahí,
en la capital del desencuentro
haciendo arte o plata
para que nos quieran, entonces
todo está bien todo está
bien todo lo horrible
también está bien.
bien por nosotros que rezamos
por los que rezan de verdad.
bien por nosotros que caminamos entre fantasmas.
el corazón encuentra su presa y sale
música, algo realmente abstracto,
como cuando alguien alimenta su proyecto
en base a sentimientos, tan inestables
como los pasos de un bebé, que rara vez
encuentra un ritmo sostenido.
pero las bases, mentira, se transforman.
las narraciones pierden sus orígenes en los mitos del tiempo y
vuelven sus horizontes reales en el ojo de la mente.
nos alejamos. desde arriba,
reaccionamos a los marrones del desierto
y al verde de la vegetación y al azul del cielo
y las nubes, y el cielo está abajo, encerrado en una pelota
de cristal… Es hermoso, es hermoso. De lejos,
vemos lo brillante, no vemos las estrellas, vemos los bordes
negros. todo es a la vez claro y enciclopédico,
Este es nuestro hogar. Siempre va a ser nuestro hogar.
Nuestro punto de origen. queremos salir pero no queda otra
que hacer de esta una base sustentable.

***

Marina Mariasch nació en Buenos Aires en 1973. Es poeta, escritora, traductora, periodista y docente argentina. Publicó los libros de poemas Coming attractions (Siesta, 1997), XXX (Siesta, 2001), Té verde (Vox, 2005), Tigre y león (Siesta, 2005), El zig zag de las instituciones (Vox, 2009), Paz o amor (2014, Blatt y Ríos) y las novelas El matrimonio (Bajo la Luna, 2011) y Estamos Unidas (2015, Mansalva). En la década del 90, fundó el sello editorial Siesta. Integra el colectivo Máquina de Lavar, con el que publicó La pija de Hegel (Pánico el Pánico, 2014). En Twitter es @purasensacion.

Orden y progreso para los chicos y la tarea

Chau a los útiles desparramados por toda la casa. Destinar un lugar para hacer la tarea es clave para mantener el orden y ayudar a los chicos a crear rutinas que colaboren con la organización general del hogar.

Podés armar una estación de trabajo en 4 pasos:

1) Revisión de lo viejo
Si quedaron cosas del año pasado, fijate qué funciona y qué no, así descartás todo lo que no sirva más y reducís las cantidades. Esto también es útil para saber todo lo que tienen y no comprar de más.

2) Clasificación de los elementos
Los útiles se pueden dividir en muchísimas categorías, y el criterio va a tener que ver con la edad de los chicos y los elementos que utilicen para hacer sus tareas. Pero lo más importante en todos los casos es hacerlo en equipo. Así los pequeños se involucran en el proceso y lo sienten propio. Hablamos de esto también para la organización de los juguetes.

3) Almacenamiento
Designarle a cada cosa una casita a la que volver cuando no está en uso.

4) Identificación
Rotular todos los contenedores es fun-da-men-tal para que los niños tengan las cosas a la vista y puedan devolver todo al lugar correspondiente. Pueden ser etiquetas escritas o con dibujos de lo que está adentro.

Crear el hábito
Como ya dije en algunos posteos, la organización es algo que se va moldeando de a poco. Por eso hay que tener paciencia, con los chicos y con vos mismo. Si tenés las herramientas adecuadas y hacés los movimientos de manera consciente, de a poco te va a ir saliendo y vas a lograr contagiar a los que viven con vos.

Guía botánica #9: Sansevieria

Suculenta indestructible: aguanta los ambientes secos, la luz pobre, el olvido del riego, los años sin trasplantar, las plagas y las enfermedades.

Nombre científico
Sansevieria trifasciata (verde) laurentii (con bordes amarillos)
Sansevieria trifasciata ‘Moonshine’ (plateada)
Sansevieria hahnii (enana)


Pero la conoces como

Snakeplant, Espada de San Jorge, Lengua de suegra.

Dónde tenerla
Se banca todo: podés tenerla adentro y usarla de escultura viviente donde más quieras (tampoco la pongas en el sótano… que reciba un mínimo de luz natural).

Riego
¡Muy poco! Si la tenés afuera, asegurate de que no te la “ahoguen” las lluvias y que la maceta donde esté tenga buenos agujeros de drenaje. Si ves que la base de las espadas se torna marrón y blandita es que sufrieron exceso de agua.
Es mejor que no compartan maceta con otras plantas, porque hay que rearlas mucho menos que a las demás.

Maceta
Les copa estar apretaditas. Cambialas de contenedor sólo cuando la planta empiece a romper la maceta con sus raíces o veas que las mismas salen por los agujeros inferiores.

Multiplicación
Se pueden separar los retoños que aparezcan junto a la base y plantar en macetas para conseguir nuevos ejemplares.
También se logran nuevas plantas cortando trozos de hojas en fragmentos de unos 5 cm. de longitud, clavándolas en un sustrato poroso y ubicándolas en un lugar cálido para que enraicen luego de unas semanas.

Flor
Todos los cactus y suculentas tienen flor, aunque no siempre tengamos la suerte de verlas.
La floración es su forma natural de reproducción, el problema es que no siempre las encontramos con las condiciones ideales par desarrollarla (clima, sustrato, humedad o posición específicos de su lugar de origen).
En la sansevieria no es muy frecuente de ver, pero te la contamos: echa pequeños racimos de flores estrelladas y blanquecinas. Sucede en otoño-invierno, pero no si está en interiores.

Aviso
Las Sansevierias plantadas en exterior pueden sufrir insolación, que decolora las puntas de las hojas. Si te pasa, podés “hacerle peluquería” con tijera en las puntas, recortando e imitando su forma de espada.

Interiores #180: El cielo

Karin y Javier. Casa rodeada de bosques, lago y montaña en San Carlos de Bariloche, Provincia de Rio Negro.

La construyeron hace 15 años.

Ella es bióloga y él, físico.
Compraron el terreno en 1985, y recién pudieron construir 15 años después. Mientras no pasaba, plantaron todo lo que los recibió crecidísimo cuando por fin hubo casa.

Muchos amigos/colegas científicos se fueron del país en los 90. Regalaban, vendían o pedían asilo para sus muebles, y así es como una gran cantidad terminó equipando la casa. ¡Hasta la cama era de amigos!

La vida social es muy puertas adentro, ahí o en casas de amigos. Sale bastante hacer un menú “a la canasta”.

Todos los días cocinan, leen y salen a caminar por la montaña.

Plantas
Karin tiene que contenerse de sumar más porque para Javier ya es demasiado. Si crecen mucho las multiplica y regala.

Animales
Zuri (4), perra compañera de paseos.


Austria

Ni mis hermanas ni yo teníamos agua en casa y fuimos a bañarnos a “Austria”, como le decíamos al departamento que quedaba en esa calle y que había sido de mi abuela. Yo tenía las llaves. Primero había vivido ahí mi hermana mayor, después mi hermana menor, después yo. Eran muchas llaves: la de la puerta de calle, chata y grande como con dos aspas; la de la puerta del ascensor en el sexto piso, especial, dentada, de puerta blindada, que hacía mucho ruido y a veces se trababa; y por último la del palier, una Trábex común. Cuando entramos, vi que había muebles viejos. Mi hermana mayor se fue a prender la ducha. Yo nunca había visto esos sillones verdes, esa mesa ratona con las patas arañadas, mordidas. De pronto me acordé: habíamos vendido el departamento hacía unos meses. Lo había comprado una señora con un rottweiler. Yo no vivía más ahí. Teníamos que irnos. No entendía cómo podía haberme olvidado de eso. Le dije a mi hermana que nos fuéramos. Mi otra hermana apareció en toalla, riéndose. Las dos se reían, me decían: “No seas cagón, no pasa nada”. Pero teníamos que irnos. En cualquier momento iba a llegar la señora. Yo la había visto el día de la escritura: de unos setenta años, petisa, con pelo corto teñido de naranja, ojos azules; era viuda y hablaba mucho de su perro. Vivía sola con él. Le dije a mi hermana que se vistiera. No podíamos quedarnos ni un segundo más. Me enojé con ellas. No me hacían caso. Entonces escuché ruidos en la puerta. La señora estaba llegando. Abrí la puerta del palier para explicarle. Ella trataba de abrir la puerta del ascensor que a veces se trababa. Espié por la mirilla. Quedé a oscuras en el palier. Escuché el gruñido. Ella se dio cuenta de que había alguien del otro lado, dentro de su casa. Le vi el miedo en la mirada. “¿Quién es?”, preguntó. Mis hermanas parecían ya no estar conmigo. Quise hablar, explicarle antes de que abriera la puerta, pero no podía, me salió de la garganta una especie de gruñido, quise gritar mi nombre y me salió un ladrido fuerte, monstruoso.

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Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Su novela Una noche con Sabrina Love recibió el Premio Clarín de Novela en 1998 y fue llevada al cine en 2000. Publicó, además, las novelas El año del desierto, Salvatierra y El gran surubí, en sonetos; un volumen de cuentos, Hoy temprano; y dos libros de poesía, Tigre como los pájaros y Consumidor final. En 2013 publicó El equilibrio, una recopilación de sus columnas y en 2016 la novela La uruguaya.