Textos / 11 Mayo 2017

La resistencia

No conozco a mi viejo. Y mi vieja, hay cosas de su vida que no me las cuenta. Así que no sé mucho de lo que pasó en mi familia antes de que yo naciera. Nací en Goya, en la provincia de Corrientes; y antes de empezar a hablar, todavía con la teta de mi mamá en la boca, nos vinimos a Buenos Aires. Mi viejo era ludópata y mi vieja cansada de llegar a casa y ver que, otra vez, el viejo había vendido todo para garpar deudas de juego, se cansó. Chau Goya, dijo, sin ningún remordimiento.

Fondo blanco y a otra cosa.

¿Qué habrá pensado en ese viaje? La imagen esta: una mujer sola con un nenito recién nacido en brazos camino a una ciudad desconocida. La valentía es eso: enfrentarse a la oscuridad.

Walter fue un nombre que eligió mamá. Me gusta. Nunca me dijo de dónde lo sacó. El segundo, Isaac, lo eligió mi papá. Ni idea por qué. Me gusta menos, pero no me lo puedo cambiar. Como me reconocieron, no soy ningún bastardo, llevo el apellido del viejo: Lezcano. Es lo que me tocó. Y está muy bien.

En Buenos Aires, recuerdo con esa materialidad difusa de los sueños, vivimos en unas cuantas pensiones de Capital Federal. Eran muy chiquitas. De la última que visitamos tengo una marca en la gamba. Resulta que como no había lugar para nada —apenas una cama y el aire entraban ahí— mi vieja estaba planchando sobre la cama, dejó la plancha en el piso y —no sé qué habré pensado—, apoyé mi piernita inexperta en el metal caliente y mamá —me contó después— sintió un olor “raro”. Cuando oyó mi voz en la forma de un grito desesperado entendió todo. Fue mi primera parada en el hospital. Cosas que pasan.
Con poco tiempo en el planeta tierra ya conocía varios lugares: dos provincias, algunas ratoneras también conocidas como pensiones y ahora la guardia de un hospital. Es la clase de aventuras que tenemos los pobres: los espacios siempre son formas de resistencia.

Nos fuimos a vivir a la provincia. Al Oeste. Caímos una temporada en Morón. Luego otra en Pontevedra y una, muy corta, en Rafael Castillo. Todas casitas alquiladas que no eran pensiones pero eran igual de diminutas, como vivir adentro de una caja de fósforos. Uno aprende a acostumbrarse a la cercanía de los cuerpos y de la asfixia: cosas importantes para la vida adulta.
Y en una plaza a la que me llevaron a jugar, mi vieja conoció al padre de mi hermana Laura. Fue mi culpa: me la pasaba pidiendo “salir” y ver algo más que las mismas paredes de todos los días.
Hubo otro movimiento. Nos fuimos a vivir a otra casa. Más grande, sí. Pero nos dimos cuenta enseguida que eso no alcanza para tener una buena vida. El infierno o el paraíso no son territorios, sino se trata de la compañía: quiénes están al lado tuyo.
La cosa es que el tipo no había aprendido lo que era el respeto y golpeaba a todos. En esa época tuve varios viajes al hospital. Por mí, por mamá. Aprendí lo que significaba esa expresión que no me dejaban decir en voz alta: “reverendo hijo de mil putas”.
Y así terminé el primario.

Esas vacaciones, antes de comenzar el secundario, nos fuimos (mi vieja y yo) a vivir a Rafael Calzada. Lugar que ni sabía que existía. Nos mudamos a la casa de un tipo que terminó siendo el padre de mi segunda hermana, Andrea. Un garrón. Otro agente del mal. Y yo me preguntaba si estaba meado por los perros. Lo descubrí cuando me mandaron a llevarle comida al perro enorme que tenía el tipo en su casa y casi me deja sin pie derecho. Casi. Estoy joya. Puedo correr el bondi y todo.
Ese fue el momento del secundario. Una tortura. Fui a una escuela técnica. Soy el peor técnico electromecánico de la historia. Lo digo orgulloso. El colegio era con doble escolaridad. Todos varones. La mina más linda era la portera que nos maltrataba, imaginate. Pero en segundo año, un poco cansado de mirar el techo de mi pieza y darme cuenta de que sólo había un techo, caminé hasta la pequeña biblioteca de esa casa, un lugar al que en mi corta vida había pensado que iba a ir, y manoteé un libro. Lo agarré porque era negro y chiquito. No es que fuera dark ni nada, pero me hacía el tenebroso y me creía con mucha vida encima. Era El túnel, de Sábato. Ese fue un momento groso en mi vida. Cuando uno encuentra algo. Y no me refiero al libro en sí, sino a la literatura en general. Y eso sucedió en esa casa que detestaba. No se trata de ninguna casualidad.
Ahí, cuando terminé de leer la novela, me pregunté ¿por qué, si la lectura es algo tan copado, en la escuela lo enseñan como si fuera una mierda inservible? Por qué te hacen odiar el momento de ver una página escrita. Y decidí que iba a hacer algo para cambiar eso. En ese momento supe que sería profesor de lengua y literatura. Pero recién estaba en segundo año. La puta madre, todavía me quedaban algunos años para llevar a cabo mi idea. Pero ya tenía algo, ¿no? Un comienzo.

***

Walter Isaac Lezcano nació en Goya, Corrientes, en 1979. Es docente de Literatura y editor en Mancha de Aceite. Publicó quince libros de poesía y prosa, participó de cuatro antologías y colaboró en numerosos medios como periodista freelance. En Twitter es @lezcanowalter y su bibliografía completa está acá: https://about.me/walterlezcano.

publicado en Textos


Selección de cuentos, poesías y escritos de diversos autores en los que la casa configura lo que sucede, como en la vida. Curados por Valentina Varas.